miércoles 10 de marzo de 2010

Apenas el cielo se abre (por Alberto Hernández)





Miriam Mireles respira en tres tiempos en medio del vértigo provocado por la altura, la verificada por Foucault. Por eso escribió Apenas el cielo se abre, suerte de ejercicio para tomar aliento verbal y entrar de lleno en una concentración, en un compromiso con el silencio que propicia el infinito, un engagement en el que la poeta regresa a mirarse en un espejo borroso lleno de nubes, que podrían luego apartarse para descubrir otros mundos imposibles.
Digo: Miriam Mireles ha sido sometida -por su trajín poético- desde la fidelidad que viaja con ella entre las aguas de versos y pausas, relevos y entregas.
La lectura de este libro, escrito con el cuerpo y con lo que el cuerpo contiene, carga con las sombras propias de la reflexión. A veces oscura, otras veces plena de luces, esta aventura poética cuenta con todos los sentidos, alejados para sentirse herramientas de la expresión, mecánica sonora en la que el silencio juega un papel relevante.
Vuelvo para decir: este trabajo de Miriam Mireles -me valgo de un poema para pasearme por toda el clima del libro- se hace revelación, también confirmación:

Las veces que los silencios
blancos
torpes
enrejados
vuelven a oírse
se enhebrarán a los intervalos de tiempos
desaparecidos
atormentados
desdibujados

Asomados a la bóveda
su ojo
abierto
desaloja
invidentes de sueños,
rajada su membrana paralela.

Grito al dolor
aparecen perros
ladran
a las puertas del vacío,
adivinan

el peligro de asomarse al interior

En este texto se materializa el extravío. Quien viene del silencio, con la voz del tiempo de los atormentados, borrados y perdidos, entra en el sueño, y allí comienza la realidad que lo desnuda y se advierte el riesgo de la apariencia de ser. Ese “peligro de asomarse”, podría ser el mismo de acercarse al vacío, pisar la orilla del vértigo. He allí el inmenso trasunto de la poesía.

Un perro ladra. De ser así, quien oye el ladrido del perro y es, irremediablemente, silencio o sueño, podría emerger para instalarse en el vacío que es la realidad, ese interior que es afuera, cielo o pozo. El poema se compromete con la sensación de ser. O de no ser. Total, da lo mismo, toda vez que la palabra se comporta como borradura en el sueño.
En tres tempos, en tres giros del espacio, esta poesía se hace de muchas intemperies, vapores que habitan la inflexión de quien escribe. Mireles insiste en estar adentro. Teme, y es válido, verse afuera. De allí que sale al interior o se asoma a él.
¿Quién que tenga la señal de la palabra no teme a la absoluta realidad, a ese adentro que vacila y recorre calles y hasta sangra una vez relegada la voz del otro?
He leído estos poemas con angustia. Un ardor inconcluso. Son textos que podrían incomodar en la medida de su pasión por enmascararse. Nada, el valor de estos versos está en saberse propios, oscuros y ajenos a cualquier digresión alejada de los tropiezos del humano ser.
Y si la angustia forma parte de un viaje por el libro, entonces valió la pena abrir sus páginas y entender que el compromiso de esta mujer, de esta poeta, radica en saberse plena de voces y silencios, de también temblor frente al asombro.

Maracay, 18 de noviembre de 2009.